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Victòria Bonet: “Salou tiene un patrimonio arquitectónico extraordinario y debemos creérnoslo”

Prova
Victòria Bonet, hija del arquitecto Antonio Bonet Castellana

martes 05 agosto 2025

Con motivo de la recuperación y puesta en valor de una de las obras más singulares del arquitecto Antonio Bonet Castellana en Salou —el Hotel SunClub Cala Vinya—, conversamos con su hija, Victòria Bonet Martí. Con emoción y orgullo, comparte su visión sobre el legado arquitectónico de su padre, la relación de Bonet con el paisaje mediterráneo y la necesidad de impulsar un modelo de turismo cultural que valore la arquitectura como herramienta de cohesión social e identidad.

 

— Con la inauguración de un acto sobre el legado de su padre, ¿es una jornada especialmente emotiva para usted?

Sin duda. Vuelvo a ver una obra de mi padre viva, útil, activa. Durante mucho tiempo, al pasar por delante, la encontraba abandonada, descuidada. Y no se trata únicamente de una cuestión de patrimonio familiar —que lo es—, sino de la recuperación de un espacio especial que vuelve a tener sentido, que recupera el espíritu original con el que fue concebido: un hotel, el primer hotel de este entorno, pensado para generar vida, actividad social y relación con su entorno. Es una gran satisfacción ver que esta función vuelve a tener lugar, y más aún si puede convertirse en un centro donde los residentes de los apartamentos próximos puedan participar, conocer y valorar su patrimonio arquitectónico y cultural.

— La figura de su padre, Antonio Bonet, ha sido reconocida como una de las más importantes de la arquitectura moderna. ¿Cómo lo valora?

Personalmente, no me gusta establecer rankings. Pero es evidente que fue un arquitecto muy relevante. Lo que ocurre es que pasó más de 40 años fuera, principalmente entre Argentina y Uruguay, y fue en los últimos años, con su regreso, cuando pudo actuar en Cataluña. Ese regreso fue profundamente significativo para él. Siempre soñó con el Mediterráneo, con la luz, con el paisaje, con los pinos y los olivos. Era su paisaje emocional. En todas sus obras, en todo el mundo, incorporaba olivos como un gesto de homenaje y arraigo.

— Nos hablaba antes de los olivos como parte del paisaje emocional de su padre. ¿Qué papel tenían realmente en su obra?

Para mi padre, el olivo era casi una obsesión. Cada vez que podía, plantaba uno. Era un acto simbólico profundo. No solo por la estética o el paisaje —que también—, sino porque para él significaba permanencia, arraigo, memoria. Era como una declaración de amor a su tierra. Incluso en Uruguay, donde vivió muchos años, insistía en plantar. Algunos no entendían qué hacía un olivo en aquel contexto, pero él decía que así podía sentirse cerca de su Mediterráneo. Formaba parte de esa necesidad vital de volver, aunque fuera simbólicamente, a casa.

— ¿Qué aspectos destacaría de su manera de entender la arquitectura?

Tenía una visión muy avanzada para su tiempo. Pensaba constantemente en cómo debía vivir la gente, en cómo crear comunidad. Los espacios estaban diseñados para facilitar la relación social, con pasillos abiertos, ventilación cruzada —en una época en la que no existía el aire acondicionado—, baños ventilados, armarios con salidas de aire. Hoy sabemos que todo eso es fundamental para la salud, pero él ya lo integraba como parte de su arquitectura. Además, buscaba siempre una relación armónica con la naturaleza, con volúmenes y materiales adaptados al entorno. Su arquitectura era, siempre, a escala humana.

— ¿Cómo vive el hecho de que Salou reconozca el legado de su padre?

Con mucho orgullo y emoción. Durante años, la obra de mi padre ha estado bastante olvidada en este municipio. Y también entiendo por qué: él era visto como “el argentino” aquí, y como “el catalán” en Argentina. Esa doble identidad a menudo invisibiliza figuras como la suya. Pero ahora, ver cómo se están recuperando y poniendo en valor sus proyectos, me llena de satisfacción. Es un reconocimiento que, como hija, pero también como ciudadana y amante de la arquitectura, agradezco profundamente.

— Nos comentaba que existe una comunidad internacional interesada en su obra...

Sí. Tengo un grupo de contacto, casi espontáneo, formado por personas de todo el mundo: estudiantes, investigadores, arquitectos. Hay miembros de Australia, Harvard, Japón, América Latina… Y también muchos catalanes. Compartimos materiales, fotografías, investigaciones. Recientemente, publiqué una imagen de la Casa Rubio, aquí en Salou, una obra muy poco conocida pero extraordinaria. Despertó mucho interés. Lamentablemente, muchas de sus obras no han sido suficientemente divulgadas en revistas especializadas, quizás por falta de difusión gráfica o digital. Pero hay cada vez más interés académico, incluso tesis doctorales centradas en Antonio Bonet.

— ¿Qué le gustaría ver culminado en el futuro?

Más que un sueño concreto, tengo la esperanza de que pueda desarrollarse un proyecto integral que incluya a todas las partes: instituciones públicas, privados, universidades, escuelas. Un proyecto que sirva a la comunidad, que permita hacer pedagogía y dar valor a este patrimonio. No se trata solo de restaurar edificios, sino de dotarlos de función, de hacerlos vivos y útiles. Imagino rutas arquitectónicas, actividades culturales, turismo consciente. Hay que apostar por un modelo de turismo que valore la cultura, el paisaje y la arquitectura.

— ¿Cree que Salou tiene potencial para acoger este tipo de turismo cultural y arquitectónico?

Rotundamente sí. Y más aún fuera de temporada, como en octubre. Hay modernismo, arquitectura contemporánea, patrimonio romano, paisajes naturales… Pero nos falta mirar hacia dentro, valorar lo que tenemos. A menudo, la gente recorre el mundo para ver una casa icónica, cuando aquí mismo tenemos otras extraordinarias que desconocemos. Debemos creérnoslo más, recuperar la autoestima patrimonial. Y en este sentido, iniciativas como la actual son fundamentales.

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